Slow Makers: Creadores del Nuevo Lujo


Desde hace un tiempo, y como respuesta al estilo de vida acelerado que se ha ido configurando en esta era digital, se ha instaurado en el imaginario colectivo la terminología “slow”, proveniente de la lengua inglesa y que significa, en concreto, “lento”. Sin embargo, en la actualidad, más que un solo significado lingüístico,  ha pasado a dar cuenta de todo un concepto relacionado a un estilo de vida en particular que opta por remar en contra de la corriente.


“Slow”, más que solamente referirse a la lentitud, alude a una forma de percibir la vida y todo lo que la compone; desde la moda, la comida, la creación. Hablar de “slow living”, “slow fashion” y “slow food” es cada vez más común, así como también lo es relacionar esos conceptos a algo mucho más amplio.  “Slow living” no significa solamente vivir lento, propiamente tal, sino que vivir de una forma distinta a la que rige en el presente, en la que las prioridades son otras; salirse de lo establecido, valorar el tiempo y respetar los procesos de creación.


Con la Revolución Industrial de finales del siglo XIX, se instaló un sistema de producción que velaba por un aumento en la productividad y la demanda. Los procesos creativos manuales se reemplazaron por máquinas y el tiempo pasó a ser el elemento clave; el lema parecía ser “producir más en la menor cantidad de tiempo”. El diseño, y específicamente el rubro de la decoración, no fue la excepción, y se fue dando paso a una concepción distinta y mucho más ligada a la rapidez. La creación lenta, manual y artesanal se desplazó, y en cambio, surgieron las producciones en serie. Fácil, rápidas y poco originales, pero vendibles.

 


Este fenómeno dio paso a una configuración global condicionada, en gran parte, por la capacidad de producción, el tamaño de la demanda y el capital. Los países productores se volvieron los hegemónicos, y los países con materia prima, los proveedores de los primeros, quienes se encargaron de establecer lo que se produce y lo que, inevitablemente, no es viable producir. Una suerte de globalización de la producción, totalmente sujeta a la economía. Esto, además de tener fuertes impactos medioambientales, ha generado grandes crisis sociales. Los gigantes de la industria desplazaron a comunidades completas de pequeños productores y, por consecuencia directa, se extinguieron técnicas milenarias que se habían traspasado de generación en generación y que no tuvieron, de un momento a otro, más cabida en la producción rápida y masiva.

Si nos detenemos y observamos a nuestro alrededor, nos damos cuenta que gran porcentaje de lo que nos rodea –si es que no todo– está hecho por una máquina, en una fábrica lejana. Vale la pena preguntarse entonces; ¿de dónde proviene este objeto y qué implica su producción? Y, por supuesto, ¿qué parte de la cadena de producción permite que este producto llegue desde tan lejos y siga siendo conveniente por sobre la manufactura local?

 


Para las culturas orientales, cada objeto y pieza tiene un espíritu propio que alude a su vez al sentido de su existencia. Una huella invisible pero latente que marca cada creación, por más utilitaria y funcional que ésta sea, que implica un traspaso entre el ser productor y el usuario final, a través del producto. Esta visión, que tiene que ver con darle un valor agregado a la creación, que se sale de lo tangible propiamente tal, ha ido desapareciendo, a tal punto que, más que priorizar la mística individual, se prioriza el volumen y la capacidad de reemplazo. Un cambio de paradigma que hoy en día, y por la naturaleza cíclica, nos ha hecho replantearnos si este es realmente el camino correcto o si, en contraposición a esto, deberíamos volver hacia atrás.

Esto es, justamente, lo que propone el “slow making”; una manera de percibir la vida y la creación que destaca el proceso por sobre el fin, y que entiende que el tiempo que requiere el proceso es igual de importante que el resultado final. En ese sentido, hay múltiples tareas que han sido mejoradas y suplidas eficientemente por la máquina, que ha pasado a ser una herramienta más dentro de nuestras posibilidades, pero es necesario que no sea el único medio. Es por esto que el “slow making” plantea volver a lo primario y a lo esencial, y a no temerle a la espera que naturalmente implican ciertos procesos creativos. Una visión que tiene al respeto como eje central y que rechaza la cultura de lo desechable.

 


Son cada vez más los que adhieren a esta visión e incluso, se ha ido consolidando un nuevo grupo social compuesto por personas de distintas edades y orígenes quienes se unen en pos de una creación que rescatan el oficio pero en un contexto contemporáneo. Productores que han logrado salirse de los ritmos frenéticos propios de las grandes urbes aun estando insertos en ellas y que deciden vivir siguiendo la corriente “slow”. No necesariamente han recibido el legado de generaciones anteriores, y tampoco calzan dentro de nuestras concepciones preestablecidas de artesanos propiamente tal, más bien son personas comunes y corrientes que han decidido integrar en sus procesos de creación elementos artesanales y conocimientos modernos propios de sus realidades respectivas.  Son los “slow makers” de hoy y han abordado todo tipo de técnicas, gustos e intereses, pero hay un hilo conductor que los une; el amor por el trabajo manual y personalizado. Además de un fuerte respeto hacia el oficio y todo lo que esto conlleva.

En definitiva, en un mundo en el que predomina lo rápido y lo desechable, estos son los creadores del nuevo lujo. Y nosotros, en un acto de rebeldía hacia una creciente tendencia individualista, decidimos juntarnos. Te invitamos a que también seas parte de esto.

 

Autores_
Javier Henríquez / Emiliana Pariente
Fotos_
Ail Manufacture / CaraNegra / Juan Jose Muebles
Maia Design / Ramal Benjika / VWDR / Üñü

1 comentario

  • Barbara Velasco : October 23, 2018

    Hola me gustaría poder contactarlos, estoy armando un seminario que aborda las nuevas temáticas de sustentabilidad y modelos de creación y producción,
    Saludos!

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